In amistad, talento, vida

Era la primera vez que venía a mi casa y que nos conocíamos y al entrar al comedor se fijó en las fotografías de mis padres. En poco tiempo ya había percibido de este niño su curiosidad, su inquietud y el uso de un vocabulario mucho más desarrollado que los pequeños que tienen 10 años de edad, pero lo que pasó en aquel instante me conmovió.

– Josep, ¿Quiénes son las personas de estas fotos? -me preguntó.

– Son mis papás. Mi padre, que falleció hace algunos meses, y mi madre, que tiene Alzheimer. -le respondí

– Qué es el Alzheimer? -me rebatió otra vez.

– En personas mayores, a veces, hay alguna parte del cerebro que deja de funcionar y no le puede mandar órdenes a otras partes del cuerpo, para que puedan, por ejemplo, levantar el brazo. -le expliqué.

–  ¿Dónde está tu mamá? – volvió a interesarse el pequeño.

-Está en una residencia y la voy a ver un día a la semana. – le dije

Y antes de que acabara la frase, me volvió a preguntar: “¿Puedes hablar con ella?”, a lo que yo le respondí con una negativa. Pero su curiosidad fue más allá: ¿Ella te conoce? Volví a negar con la cabeza.

 

En aquel preciso momento ocurrió algo mágico. Aquel niño, de ojos despiertos, se abalanzó sobre mí y me abrazó. “¡Pobrecito!”, pronunció. Solo con su gesto y aquella palabra me transmitió algo que la mayoría de adultos, en muchas ocasiones, somos incapaces de manifestar.

Pocos minutos después supe que era un niño con síndrome de Asperger, que en algunos momentos es capaz de razonar con la madurez de un adulto y pocos minutos después tener un comportamiento propio de un niño mucho más pequeño, especialmente si se le lleva la contraria.

 

Fue entonces cuando recordé la historia de Josep, un niño con trastorno del espectro autista, y de sus padres, uno de los testimonios del libro Cuídate. Quince vivencias personales de cuidadores, que escribí, ya hace unos años, junto a la periodista Gemma Bruna.

“En la playa tienes que aguantar las miradas y los comentarios de los bañistas porque el niño chupa las piedras, algo que ha hecho desde muy pequeño. Y al final, solo cuando les cuentas que tiene un trastorno autista, las personas entienden, empatizan y se disculpan”, cuenta su progenitor en uno de los capítulos.

 

¿Cuántas veces entre todos condenamos al otro sin saber ni conocer el motivo de lo que hace, dice o expresa? Seguramente todo sería más fácil si las personas, desde el primer momento, intentáramos entender a las otras antes de juzgarlas.

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