In aislamiento, profesionales, soledad

El señor Pedro rompía a llorar cada vez que colgaba el teléfono después de hablar con sus familiares, a quienes les había dicho que se encontraba mejor, más animado y con ganas de volver a casa.

La señora Blanca -me sorprendió su nombre pese a tener más de 85 años de edad- y pese al derroche de paciencia, empatía y elocuencia por parte de los profesionales que la atendían, no alcanzaba a entender las indicaciones que le daban en relación con el control de su diabetes. “Es que de todo lo relacionado con mi salud se encarga mi hija, y ahora no la tengo cerca siempre que quiero”, aseguraba antes de descargar sus dudas y temores con su compañera de habitación, que le escuchaba de manera infinita.

Durante una semana, he tenido la ocasión de estar ingresado en un gran hospital de Barcelona por una neumonía, que era de origen desconocido, y por suerte no vinculada con la COVID19.

A lo largo de las horas, de los días y también de las noches he escuchado alguna de las conversaciones entre los otros pacientes y los profesionales, entre los propios pacientes, y también las conversaciones telefónicas con sus familiares.

Estar ingresado siendo una persona mayor y frágil, y no poder estar acompañado por sus parejas, hijos o nietos me ha parecido desolador. La totalidad de profesionales de la planta del hospital, y sin excluir a nadie, atienden a los ingresados con absoluta exquisitez, paciencia y profesionalidad, y hacen de muleta en muchas ocasiones, pero no poder ver en directo, tocar o abrazar a los familiares me ha parecido duro, durísimo.

Quien me conoce sabe que me he dedicado muchos años de mi vida profesional -y alguno de la persona-) a cuidar y atender a personas frágiles. Ver y escuchar las imágenes y relatos de familiares y profesionales, a través de las redes sociales o la televisión, es tremendo, pero escucharlos en primera persona, porque están en la habitación de enfrente o son compañeros de la misma planta, es absolutamente devastador.

Son muchos los expertos que ya anticipan las consecuencias que nos dejará esta pandemia más allá de las muertes, las secuelas relacionadas con la enfermedad, el aislamiento, las pérdidas, la incertidumbre y la soledad.

Todos debemos ponernos ya manos a la obra, no podemos permitir que este peso recaiga sólo en los profesionales de la salud y de los servicios sociales o de la Administración pública. Como sociedad tenemos una responsabilidad con nuestros semejantes, debemos dejar a un lado los individualismos y ver que formamos parte de una comunidad de personas, familiares, amigos, vecinos y desconocidos, que pisamos el mismo suelo y respiramos el mismo aire, aunque sea filtrado por una mascarilla.

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