In muerte, suicidio, tabú

Hace ya unos cuantos años que conocí a Cecilia Borràs. Fue a través del Hospital de Sant Pau de Barcelona que coincidí con esta mujer, de aspecto aparentemente frágil, pero de carácter fuerte, para hablar, junto con dos enfermeras, de la asociación que, entonces, acababa de crear con el fin de dar voz y romper el tabú de una de las muertes más silenciadas y dolorosas que existen.

Cecilia Borràs es la madre de Miquel, un joven con una vida aparentemente normal, estudiante de diseño, grafitero, sociable, rodeado de amigos y con una relación familiar y social estable, pero que, a los 19 años de edad, decidió quitarse la vida. Su nombre pasó a engrosar la lista de muertes por suicidio, que actualmente ya es en España la causa externa más frecuente de muerte por encima de los accidentes de tráfico, y la segunda causa de muerte más frecuente en el grupo de edad de entre los 20 y los 24 años en el año 2017. (Instituto Nacional de Estadística).

Cada año en España se producen algo más de 3.600 suicidios, son 10 suicidios de media al día, de los cuales, entre el 80%-90% tienen relación con problemas de salud mental. Las personas con enfermedades mentales, aquellos que han padecido la COVID-19 con sintomatología más grave, las familias de fallecidos por este virus y los trabajadores sanitarios que están en primera línea son los grupos con mayor riesgo de padecer depresión y otras enfermedades mentales.

Si la muerte es un tabú, la muerte por suicidio es doblemente tabú. Todavía se habla poco de ello y, en la mayoría de ocasiones, el suicidio genera cuchicheo y morbo. Es necesario que se generen espacios de encuentro para las familias víctimas del suicidio, con el objetivo de compartir experiencias, ofrecer apoyo y acompañar en el proceso de duelo.

El suicidio es, ante todo, una muerte silenciada. Hasta hace relativamente poco, los medios de comunicación no escribían sobre ello y generalmente si se hacían era para ilustrar sucesos, donde el asesino acaba suicidándose. Pero casi nunca se analizaba este tipo de muerte como si existiera un pacto no escrito en algunas redacciones, por parte de los periodistas. ¿La razón? Que supuestamente motivara otros casos similares.

Ya hace un tiempo que este pacto parece haberse resquebrajado. El largo confinamiento, las medidas restrictivas por el coronavirus, la crisis económica y social parece haber incrementado las muertes por suicidio, como mínimo en los medios de comunicación.

Estos sucesos remueven las conciencias de una sociedad, que, de manera creciente, dirige su dedo acusador hacia los dirigentes de determinadas entidades bancarias y algunos políticos, que permanecen pasivos e impasibles a la hora de poner fin a las posibles causas que generan dichas situaciones.

¿Tras el suicido, aparece en los cerebros de los familiares el martilleo constante de la pregunta por qué? Y sobre todo un sentimiento de culpabilidad creciente. De pensar que en algún momento podrían haber detectado algún indicio que hubiera ayudado a sospechar para impedir el triste desenlace, en ocasiones motivado por problema de salud mental.

Porque una de las cosas más importantes que aprendí, ya hace años, de mi primer encuentro con Cecilia Borràs fue que en el suicidio no existen responsables ni culpables, ni respuestas ni explicaciones. Sólo víctimas y supervivientes.

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