In amistad, vida

“Cada vez que desayunas con Ferran, vuelves con la cara cambiada! Esta es una frase habitual que me dicen al volver a casa, tras las escasas ocasiones que me veo con Ferran. Desayunamos juntos un par de veces al año -antes de la maldita pandemia-, y lo hacemos en la cafetería de un gimnasio, cercano a su trabajo, aunque a ninguno de los dos nos entusiasma el deporte. Somos amigos desde hace muchos años, de esos amigos que veo poco, pero que sé que están ahí, a mi lado cuando los he necesitado.

Y en casa no les falta razón, porque vuelvo con la cara cambiada, y el cuerpo y la mente cargados de energía, de energía positiva. Con el tiempo me he dado cuenta que mi amigo Ferran es una persona vitamina.

Se ha escrito mucho sobre las personas tóxicas, de las que nos producen malestar, que incluso pueden arruinarnos la vida, destruir nuestros sueños o alejarnos de nuestros objetivos. Pero por suerte, cada vez se oye hablar más de las personas vitamina, las que trasmiten buen rollo, recargan el ánimo y te contagian su humor, positividad y entusiasmo e incluso, las ganas de comerte el mundo.

En estos tiempos que no está tocando vivir, entre restricción y restricción, entre confinamiento perimetral y confinamiento comarcal, entre mascarilla y mascarilla, se hace más necesario que nunca tener identificadas esas personas vitamina, tanto en nuestra vida personal como en la profesional. Debemos elevar nuestro estado de ánimo, a pesar de las dificultades que nos puedan surgir, que pueden no ser pocas, y rodearnos de personas que nos ayuden a remontar y a recordar que el optimismo es clave para seguir.

Como casi todo en la vida podemos ver lo que nos sucede desde dos perspectivas: observar el vaso medio lleno o medio vacío. En mi caso siempre intento ver el vaso medio lleno, que, pese a que a veces cueste, acabo llenando de ilusión, confianza y resiliencia. Es mejor ser y verse como Pantera Rosa -que se levanta una y otra vez ante cualquier despropósito- que como Calimero – que siempre está lamiéndose las heridas y pensando que lo que le sucede es una injusticia-.

Ser una persona vitamina depende también de uno mismo: de cómo afrontamos nuestro día a día y transmitimos nuestro entusiasmo por estar aquí y ahora. En definitiva, acaban siendo vitamina todos aquellos que forman parte de una comunidad de personas que siguen obstinadas en avanzar, ser generosos, cuidar los unos de los otros, catar y contagiar instantes de felicidad.

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