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Si echo la vista atrás, muy atrás, intento recordar el niño que fui. Ese niño por el que mis padres padecieron y mucho durante mis primeros días de vida, debido a mi vertiginosa pérdida de peso, que hizo que me “bautizaran de urgencia”. Deberían pensar, si se muere que al menos sea católico.

También pienso en ese niño que no quería tener una hermana mujer, supongo que para seguir siendo el “rey de la casa”, y en otros muchos niños que han habitado en mí a lo largo de los años.

Ese niño al que mi madre ponía tremendamente nervioso el día de la cabalgata de Reyes, haciéndome ver que mi regalo estaba ahí, ante mis ojos, delante de esa impresionante carroza que avanzaba lentamente Via Laietana arriba.

El niño que veía como la mañana del día de Navidad íbamos corriendo de un lado para otro: primer para tomar el aperitivo en casa de unos “yayos” y después para ir a comer a casa de los otros “yayos”, también para recoger el resto de regalos que Papa Noël nos había dejado.

Recuerdo a ese niño, ya más mayor, que preparaba un verso para Navidad, en fila con el resto de la familia, esperando recoger el aguinaldo que mi padre había preparado dentro de una bonita cajita de cartón confeccionada con sus propias manos.

Han pasado los años, mi padre ya no está con nosotros, mi madre ya no puede ponerme nervioso como lo hacía antes, mi hija vuela, y vuela, -cómo la envidio-, pero estar cerca de las personas que te quieren enormemente, y a las que quieres con locura, hacen que el niño que llevo dentro aflore de nuevo y siga pensando en la siguiente travesura.

No dejéis nunca de mirar hacia dentro de vuestro corazón para recuperar a ese niño o a esa niña que fuisteis.

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