In profesionales, salud, solidaridad

Hace casi un año salíamos todos de la vorágine del confinamiento domiciliario y de las olas más duras de la pandemia. Todavía guardábamos en la retina los aplausos fervientes de las ocho de la tarde dedicados a todos los profesionales de la salud, los dibujos de arcoíris y los mensajes más optimistas de aquello de “Todo irá bien”.

Han pasado 12 meses desde aquel inicio de verano y ahora, cuando los casos de Covid19 se han disparado, con menos virulencia -gracias, en buena parte, a la vacuna y al uso ya más habitual de PCR y test de antígenos- pero con una capacidad de contagio de la variante Delta sorprendente, la dedicación, el esfuerzo y el tesón de los profesionales de la salud y también del ámbito social han quedado en el olvido.

Y yo diría que no en el olvido, sino que, en ocasiones, son quienes reciben el golpe de ciudadanos cabreados, gestores políticos que no planificaron bien o que simplemente tuvieron que equilibrar como pudieron la eterna balanza entre salud y economía, y jóvenes, que en su comprensible necesidad de socializarse, se convirtieron en la principal fuente de propagación del virus.

Hace algunas semanas, una médica de atención primaria amiga alertaba a través de las redes sociales sobre el explosivo incremento de positivos diagnosticados en su centro en una jornada laboral. Era la antesala de lo que dos días más tarde admitirían los responsables sanitarios: los casos de COVID19 estaban creciendo de forma exponencial y más allá de lo previsible.

Pero el tuit de aquella médica de atención primaria, que trabaja en la trinchera, en la primera línea y al lado de los pacientes desde el primer día de la pandemia, no quedó en saco roto, más bien al contrario.

Su alerta activó las respuestas de ciudadanos asqueados, haters y resentidos con la situación que hicieron aquello tan viejo de “matar al mensajero”. Y de momento lo consiguieron, porque esta profesional, en un intento de protegerse de la blogosfera, ha decidido retirarse de las redes sociales de manera temporal.

El estado de ánimo de los profesionales, algunos de los cuales ya han empezado a reinfectarse o a contagiarse pese a estar protegidos por la vacuna, está, en algunos casos, por los suelos. El miedo, el cansancio, la tristeza se entremezclan en su día a día y obstaculizan la lucha y la fuerza para seguir actuando como primera línea de fuego para parar la pandemia.

Nadie ha quedado al margen de esta situación, tampoco los profesionales de las residencias geriátricas, desde el principio de la pandemia los más desprotegidos y abandonados. Nunca fueron el centro de los aplausos -más centrados en los profesionales sanitarios, que sociales, más enfocados a los profesionales de los hospitales, que en los centros de atención primaria-, pero ahora han quedado marcados por el más absoluto olvido.

Un año después parece que los profesionales de la salud y sociales han pasado de ser auténticos héroes a villanos.

Sirvan estas líneas para agradecer y dedicar un aplauso eterno a todos ellos, también a los gestores clínicos y directivos que deberían facilitar, agilizar y resolver todos los obstáculos para que los profesionales de la trinchera trabajen, pese a la situación, de la manera más ordenada posible.

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